«MALTRATADOR DE NIÑAS DISCAPACITADAS»



«Y los monstruos se sintieron víctimas de sus monstruosidades..."

Monstruosidades individuales, e inframundos colectivos
Prometo que en el post siguiente hablaré de cosas bellas, pero hoy toca meternos en las alcantarillas de la condición humana, las individuales y colectivas (en el modus vivendi de un sector concreto de la sociedad que conozco especialmente bien).
Detrás de cada vileza particular tarde o temprano se descubre otra vileza-madre, una vileza aprendida, grupal y demiurga... En el pasado tuve “relación” con una de estas cepas particularmente viles, en una galaxia muy, muy lejana; y ha llegado el momento de compartir lo que vi. Bueno, no, "lo que vi" da para un libro entero, que quizá un día escriba. Por ahora voy a compartir lo que he deducido de lo que vi, a través de la descripción, con todo lujo de detalles, de un solo acto, uno, suficientemente monstruoso y representativo y elocuente como para que quien quiera saque sus propias deducciones respecto a qué hay detrás de él.


Manual del Primer Curso de Artes Difamatorias, pág. 5: «Si denigra usted a alguien y utiliza su bocaza infecta para que el universo coopere en su vejatoria “solución final”, obviando todo atisbo de escrúpulo, ética o reciprocidad alguna con la verdad real, llegará un punto que usted y sus sectarios habrán agotado el objeto y el sujeto de la difamación y por tanto difamarán ya sobre la nada».
A menudo creen los profesionales de la difamación que la justicia (la suya) ha prevalecido, porque han aniquilado talibanamente todo lo que se movía, tenía temperatura y era infiel. Pero en la vida real (real, no virtual) los talibanes no ganan nada, a la larga se han buscado su propia perdición, honrando la tradición de las malas artes aniquilatorias y difamatorias. Basta con leer un poco de Shakespeare, para saber que nada en la vida sale gratis: los muertos tienen la manía de volver cuando algo huele a podrido en Dinamarca. Al ajusticiado ya no se le puede acusar de “rencoroso”: es la propia ipseidad del espectro la que le devuelve de la ultratumba a la tumba del mundo, animado impersonalmente por una Ley Kósmica, la de la “Reciprocidad”. Como dice Pablo d´Ors "todo lo que va, ha de volver"… en múltiplo. “Podrá usted engañar a unos cuantos todo el tiempo, podrá usted engañar a todo el mundo durante un tiempo, pero es imposible engañar a todo el mundo todo el tiempo” (Churchill, ¿no?). Cual nazi infrahumanizaba al judío para luego justificar la cámara de gas, o cual judío degrada al palestino para luego levantarse unos adosados ortodoxos sobre su chamizo, quien pretenda reducir un cadáver a la nada (bajo el eufemismo "poner en su sitio"), provocará el comienzo una nueva fase de la intrahistoria: empezarán, en un momento dado, a pasar muchas cosas. La aniquilaciones de los inocentes, eventualmente, se pagan. Porque no hay nadie más libre que quien ya no tiene nada que perder (y viceversa, nadie más esclavo que quien tiene mucho que perder).
¿Le preocupa a usted y los suyos que “nadie hable de nada”? Habérselo pensado antes de tanto cagarla en tanto espacio y en tanto tiempo. Habérselo pensado antes de delinquir.

En la “manifestación”, que es dual por definición, hay DE TODO.
Quién se cree "este" que es.

El mundo está lleno de seres que hacen cosas maravillosas a diario… sin doparse y sin colgarse medallas después, ni medirse con quienes supuestamente no las hacen. Actos de amor puros, de poca publicidad y mucho anonimato. Pero también está lleno de gente que obliga al mundo a girar en torno a su ombligo, o peor, en torno a algún ombligo colectivo que les presta una identidad de la que carecen como individuos. Hay una relación proporcional entre sentirse poca cosa y el peligro de venderse a un colectivo para "ser algo”, una forma como otra cualquiera de prostitución. Cada vez que alguien jura defender "a muerte" una marca, una sigla, una bandera, un apellido…, se acaba de abrir la puerta del infierno para mucha gente, es Ley. Cada vez que alguien levanta un dedo y esputa «¡y a mucha honra...!», se acaba de abrir la trampilla de la deshonra y el deshonor.
Quien se niega a reconocer el abismo interior como propio, vive en clave de huida; éste es el drama humano. Hará cualquier cosa para rodearse de “ruido”, forrarse de formas, atesorar las apariencias, y coleccionar contenidos (incluyendo “intelectuales” y “religiosos”) para llenar un vacío inllenable. Luego, todo ese relleno habrá que defenderlo a sangre y fuego, porque la sagrada identidad está en juego. Llegarán al extremo de acuchillar rivales, y a perder todo atisbo de escrúpulo justificando promoviendo o encubriendo inmoralidades... No pararán hasta que se queden solos en el campo de batalla o perezcan en su búnker junto a todas sus rancias colecciones, quizá agarrados o agarradas devotamente a alguna estampita o cuadro moral, completando así la tragicomedia que va de la apariencia ideológica que se aprende en la cuna, hasta el ataúd.
Si quiere usted sacar de quicio a un ser de alma primitiva (aunque tenga quince apellidos compuestos, seis carreras o mil millones en Panamá) cuestione su credo, su identidad, o su grupo.
Y prepárese para la hecatombe.
Los que se rasgan tantas vestiduras en aras de la “decencia”, el “honor” y la “justicia” (las suyas, claro, me descojono a todo decibelio) y nosequé otros vistosos blasones, suelen convertirse exactamente en lo opuesto a sus moralinas bíblicas. Estos fariseos de libro o de evangelio son los que compulsivamente siempre tienen algo que decir, algún gestito que hacer, alguna meadita que salpicar, algún mail indecente que mandar, alguna carita que poner, en toda ocasión, si es pública mejor, para (de)mostrar su superioridad y la inferioridad del que se les enfrenta o les discute. Como un orangután macho dominante repartiendo mandobles para sostener su supremacía. La denigración del rival es algo arquetípicamente selvático y totalitario. Recapitulando: entre la santidad y el satanismo una infinita gama de evolución o involución nos contempla en la Tierra. De Perogrullo, pero es que procede cuando vamos a hablar de delincuentes y delincuentas. Y ahora, "descendamos a las trincheras de lo cotidiano".

Delincuentes y malos tratos
Hablemos ahora de malos tratos, de los cuales, hay muchas variantes, unas más evidentes que otras. En este caso no me voy a referir a los que generalmente asociamos a algún perfecto gilipollas alcohólico, machista, chiflado genético y/o accidental, acomplejado medular, perdido en no se sabe qué mundo infernal de turbulencias indecibles a los que arrastra a los de su alrededor (la familia es lo primero, que diría Rouco), asistido por la complicidad y la mirada ciega y el mamoneo de sus pares.
Esos maltratadores tan de folleto y folleteo, tan de telediario, son conocidos perros a los que nadie pone el bozal… hasta que un día, oh, aparecen el azul y el rojo de las sirenas de la policía y de las ambulancias y… ¡ups!, lo que hasta entonces se había ocultado tras las bambalinas ahora es un número oficial sobre un papel… vaya, vaya, qué cosillas pasan, ¿pelillos a la mar?... pues esto parece el Mar de los Sargazos, ya. De estos “clásicos” malos tratos podría hablar, también se puede, porque haberlos haylos en esta intrahistoria, por suppppuesssto, pero ahora me voy a concentrar en otra tipología: hablemos de una monstruosidad concreta que me sucedió hace un año y medio.
¡Primorosa perra, con su camisita y su canesú!
El 15 d mayo del 14 una señora (en apariencia, y malcriada niñata en esencia) cometió públicamente unos cuantos delitos contra mí, que legalmente quedarán impunes a partir de que pasara el plazo estipulado para denunciar este tipo de fachorías. Injuria, difamación, calumnias... Unas cosas u otras o todas. Aquella pobre criatura, vacua mendiga de categorías ficticias, gobernanta de casas ajenas -jamás de la propia- aquel día personificó el papel de sacerdotisa ejecutiva de una enfermedad colectiva mucho más grande que ella misma, de un colectivo decadente, cristalizado en amorfo tiempo ha, y de la que es fiel esclava y servidora como las monjas lo son del Señor. Aquella caudilla del reino del medio-pelo, con sus dos neuronas en pleno éxtasis y autoinvestida de no sabemos qué bula papa o mamal, delinquió como si no hubiera un mañana. Una engendra semejante, ¿viene degenerada ya de casa(retórica, la pregunta, claro). ¿De dónde se sacó ella si no la Suprema Soberbia de creer que tenía licencia para delinquir? Luego lo veremos.
La heroína kamorrista me asaltó por la espalda -marca de la casa, siempre atacan por detrás- mientras yo andaba por las calles de una aldea ya más rancia que abolenga, sin mediar provocación por mi parte (que podía, vaya si podía haberla habido). Ella, iluminada desde los cielos, con la sangre borboteante cual yihadista nazionalcatólica, me acusó ante el mundo, a gritos, de… “maltratador de niñas discapacitadas”. En otros tiempos esta acusación me habría supuesto un linchamiento público, de los que no se sale con vida, yo he vivido la versión siglo XXI, del que se sale socialmente muerto... en apariencia . 
          “Maltratador de niñas discapacitadas…”. Sic. El detalle de que yo fui un niño y un adolescente -realmente- maltratado, física y psicológicamente… supongo que carece de importancia, ¿no es cierto? ¡Sean egoístas, les incito a pensar con egoísmo...!: piensen que a ustedes les maltrataron de pequeños y que cuando fueron mayores, una loca decidió un día acusarles de cometer falsos malos tratos... ¿Cómo lo ven? ¡Piensen visceralmente, les incito a pensar con las entrañas...!: piensen que a su hijo le violaron de pequeño, y que ya de adulto llega una loca y acusa a su hijo, falsamente, en plena calle y a alaridos, de violador... Y piensen también que la loca, por ahora, anda suelta... impune... y... rodeada de cómplices silenciosos. ¿Qué les parece? ¿Sería pasable, o no pasable? ¿O sería pasable... según quién o dónde lo haga? Ahora, imaginen que se cruzan con una loca de esa calaña, e imaginen que la saludan. Sonrían-la, sonrían-la.
¿Por qué hizo aquello aquella mujer? Pues porque la cabra tira al monte, la cerda a la bellota y la hiena a la carroña; la naturaleza es la naturaleza.
En fin... Aquel fue un día glorioso más para la especie que recodaremos todos toda la vida, un hito que ya habitualmente vengo poniendo como ejemplo del potencial de corrupción de esta sociedad española (y por qué no, occidental) en declinación. Mi aplauso a la excelsa raza por el nuevo récord a la baja, una vez más. Soy admirador de la superación personal.
Mi cielo, mi sol ¿ves como había que morderse la lengua?
Pues sí. Fui injuriado y difamado públicamente un 15 de mayo de 2014 por una viscosa demente. Lo que vendrían a ser... ¿malos tratos?, mira qué cosas. Bien, pues... ¿no gritaba ella misma en un arrebato de inteligencia más...: "¡que tooodo el mundo lo sepa!"...? ¡Sea!: que lo sepa todo el mundo, pero que se sepa TODO.
Ya se va sabiendo, ya... incluso en un escenario tan proclive al fariseísmo como aquel en que sucedió la escenita, hay líneas rojas complicadas de pasar. Aquella violadora mental, además de llamarme “maltratador de niñas discapacitadas” añadió otras opiniones a la misma bajura; y no una, sino repetidas veces. Tenía ella veredictos que expresar sobre el color de mi corazón, o algo así, y sobre la categoría de otras moradas de mi interior. Vociferaba la discapacitada emocional en progresión, cada vez con más degradantes argumentos... (la degradación degradante, marca de la casa) y con más testigos atentos y atónitos a sus rugidos de rottweiler defendiendo/atacando territorios ajenos.
Parecía tener ella un lúcido conocimiento también sobre cómo iba yo a enfrentarme a mi propia muerte (“¡¡¡¡¡¡¡te vas a morir con la vergüennnza!!!!!”, proclamaba ante el mundo) y tal y tal... También me colgó el adjetivo-insulto favorito de los totalitarios destronados: “¡¡¡¡¡eres un resentiiiido...!!!!”. Claro que escuchar el adjetivo "resentido" saliendo de una cara como aquella, goyesca de pintura negra, desfigurada debido al puro y duro resentimiento con la vida y con su vacuidad mal-llenada, no tiene precio. Ese horrendo hocico arrugado y resentido... creo que no lo olvidaré jamás.
Todo esto me recuerda unas cartas que leí nosedónde de un asesino en serie, el cual, desde el corredor de la muerte, escribía algo como: «La gente está fatal, el mundo está lleno de personas dañinas, cada día estoy más estupefacto de la cantidad de locos que hay sueltos» (cito de memoria). Es tipo como... "¡¡¡perdonaaaa?????"
Ah, espera, que ahora viene lo mejor de todo (esta gente se caracteriza por que cuando parece que ya no pueden caer más bajo, logran descolgarse más)...: también se comparó ella misma conmigo mismo, mencionando -dedo en alto- a alguien de quien ella se había ocupado mucho mucho mucho, hasta el último aliento. Y enarboló a gritos la abominable comparativa, para que me quedara bien clarita la distinción abismal y abisal entre ella (arriba, el Bien) y yo (abajo, el Mal). En detalles como ese es cuando se entrevé el color real de un alma... ya que hemos abierto el melón de juzgar las tonalidades espirituales de los demás.
Para ella, el Mal estaba ahí fuera, y el mal era YO, y al Mal, obviamente, hay que humillarlo, perseguirlo y aniquilarlo... exorcismo freudiano donde los haya (y maldad en estado puro, claro). Mire Vd., "señora": en vez de creerse una Juana de Arco de provincias, o de La Escopeta Nacional, haga algo útil para la sociedad, para variar: cósase la bocaza infecta con puntos de sutura y mírese al espejo (no se asuste: no va a ver nada de nada; le falta capacitación, la mayor parte del mundo ha pasado hasta ahora invisible ante sus ojos vacunos). Son ustedes la imagen del vacío, la radiografía de un bostezo.
Monina, elige: ¿spa, (más) medicación o eutanasia? Questás mú loca.
No creo que haga falta evaluar el nivel de semejante espectáculo dantesco y kafkiano que viví en mis cannes: se autocalifica por sí mismo, y no tiene excusa que valga, ni en caliente, ni en frío; ni en este, ni en el otro mundo. ¿Se volvió loca la criatura? Con conocimiento de causa, respondo: no. No se "volvió" nada, de “locura transitoria”, "calentones" y demás escapatorias, nanay. Ella es así, de por sí, de siempre. Era así antes. Fue así durante. Es así después. Lo que la imbécil esta hizo fue explayarse cual matón carcelario: porque oye voces en su cabeza que le dicen que tiene derecho, que “podía hacerlo” y que, como otras veces anteriores, nadie la iba a hacer pagar. Y que no iba a ir el maltratado a escribirlo todo en un blog... semejantes cosas (que les respondan), no las conciben en su cuadriculado mundo (este mismo párrafo se puede aplicar a mucha otra gente de su misma secta...).
Pasar por este mundo para irse peor que como uno llegó, es para matrícula de honor en memez (y oootra marca de esa casa).
[Una vez escribí en este mismo blog un enorme mini ensayo sobre el “pijerío” de Expaña. Nunca, nunca, pensé que ciertos párrafos iban a resultar tan proféticos; me da miedo cuando describo el futuro con tal precisión.]
         Y ahora la pregunta es, ¿cómo llegó Adolfo a encontrarse con semejante experiencia de terrorismo verbal, más propia de Mauthausen que de otra cosa? El recurso al arquetipo nazi ya sé que es manido, pero es que no falla: las peores aberraciones pueden prosperar bajo las mejores apariencias de refinamiento. ¿Cómo se llegó a ese punto?, insisto. La respuesta a corto plazo, la evidente, el epicentro con nombre y apellidos, es tan espeluznante que ni lo pongo por escrito de la vergüenza y la grima que me da, y por respeto a inocentes, mientras lo sean (les incito a sacar sus propias conclusiones, las cuales a su vez explicarán muchas otras cosas que luego parecieron “incomprensibles” a entendederas no ilustradas). Quien pisó el hormiguero, quien le tiró carne a las pirañas, ya no tiene tiempo material para redimirse en esta vida. La respuesta a largo plazo, por su parte, se remonta a muchas, muchas décadas y generaciones atrás de soberbia imbecilidad y de imbécil soberbia.
Y mucha, MUCHA deficiencia.
 ¿Aquella mamarracha desequilibrada saldrá, finalmente, impune? Lo intentará, eso si no ha mentido ya cual Judas, como suele mentir esta gente, asistida en dicha tarea por los demás discípulos, a los cuales interesa cualquier cosa, menos la verdad. La menda tiene suerte de no vivir en un poblado de chabolas, lejos de su alta suciedad tan proclive a la hipocresía, porque de ser así a día de hoy alguien (no yo, que no he hecho algo semejante en mi vida) ya le habrían partido la cara varias veces a mano abierta, independientemente de su sexo o su edad. "Impune" igual queda… pero ni de lejos indemne. Si algo se aprende con la edad es que cuando alguien se empeña en cagarla, en líquido y a presión, no hay potencia angélica que pueda impedirlo, ni escobilla que alcance a evitar la redecoración del cuarto de baño.
Tras aquella edificante escena de esa bucólica mañana robada (cuánto expolio…), una vez visitadas ipso facto las fuerzas del Orden Público, y consultada la abogada pertinente días después, mi familia -la real- y yo convenimos en que para lograr que aquella fanática verborrágica se jubile de su profesión con unos antecedentes penales cual copa de secuoya, que es lo mínimo que se merecería, el pifostio judicial en que nos hubiéramos visto involucrados todos y sobre todo todas no le iba a compensar a nadie, a mí el primero. No iba a merecer la pena. PERO, la impunidad legal de la macarra no quita, como mínimo, un resarcimiento mío personal y tan público como su ataque. Mi resarcimiento es darme voz, y explicar, en este blog, cómo fueron las cosas (en la realidad) y seguir profundizando en esta cuestión…: ¿de dónde sale verdaderamente todo esto, que es el 50% de donde yo (casi) vengo?

Una multigeneración de malcriadas criaturas de variopinta virulencia
Aquella “amargada insatisfecha” (cito a uno de los suyos que un día se fue de la lengua), presa no de la ira divina, sino de la torquemádica, tiene una colectividad que genética y socialmente la respalda, una colectividad sofisticadamente primitiva y “profundamente enferma” (cito a otra persona que describe el fenómeno). Más que una enfermedad realmente es un “Síndrome” en toda regla: un conjunto de enfermedades y contenidos tipificados que afectan a los afectados en diversas medidas y grados, según cada circunstancia. Podríamos hablar de un Museo Nacional de Taras de todo tipo y alcance, y cuya enajenación colectiva es tal que se permiten el lujo de hacerles autos de fe a los cuerdos con la barbillas bien levantadas..., postura inevitable después de haberse tragado los palos de todas las escobas de Europa, para ensalzar por fuera una dignidad y una estatura que nunca hubo dentro. Esta gente a la que me refiero va por ahí repartiendo aspavientos altivos a medio mundo (y babeos patéticos al otro medio, la conveniencia es su Dios) ajenos al paradójico hecho de que quien se explaya en tales donaires, aires y desaires, estos patanes verborréicos, son colectivo atanor de vergüenzas y el epítome de una decadencia racial que ya no hay convención social capaz de disimular (y lo peor está por llegar).
A ver… no hay problema ni reproche ni mácula en ser mediocre y un poquito fantasma. Yo mismo me considero mediocre y a veces me flipo mucho; me ha costado muchos años disfrutar de la vida sin necesidad de creerme especialmente especial, ni respaldado por las hazañas y los honores de los predecesores, que además no son tales sino todo lo contrario. Ahora bien: ser tan mediocre pero pensarse tan excelente, excelso y ex cátedra ya es, como digo, competencia de la psiquiatría forense, si es que existe. Creerse "de casta" pero pensar y actuar como un descastado produce efectos insospechados, cosas tontas como maltratar (a quien se deje). Es precisamente esa aberración moral, esa suprema tomadura de pelo la que en un momento determinado decidí no tolerar más: lo cual es una de las explicaciones reales del ataque callejero que sufrí.
- ¡Hemos matao al culpable! ¡Qué odgullo y satisfadción!
-  No lo tengo claro, Señor...
- ¡No seas antipatdiota, calla y posa, descastao!
Por eso y por todo, puedo prometer y prometo que me da una vergüenza supina que alguien se pueda pensar que yo tengo algo que ver con este tipo de gente, por no usar otra palabra parecida a gentuza. La línea entre el defecto de carácter y la franca degeneración mental/social, transmitida y amplificada adrede, siendo el primero comprensible y la segunda letal, se me pierde como lágrimas en la lluvia.
El precio de salir de semejante viscosidad, desnaturalización y esquizofrenia colectiva ha sido elevado (como que me ataquen las locas por la calle, por ejemplo), especialmente en desprestigio “social” (ja ja…), pero la ligereza y mi conciencia tranquila, el descargo de tanto peso y la fluidez de hoy en día, no tienen precio. Ha sido como salir de la caverna de Platón, como si a Sísifo le levantan el castigo, como el final de Blade Runner: “He visto cosas… que ustedes no creerían…”.
Dar por hecho que a uno le corresponde lo que no le corresponde y que está por derecho donde no tiene cualificación para estar, es algo muy de nuestros tiempos.

Cuando el honor y la categoría, brillan por su ausencia
Unos verán este post como un contra-ataque “innecesario” a unos pobres enfermos...: los aficionados a las batallitas bélicas, suelen quedarse estupefactos cuando alguien les combate, no hay quien lo entienda, es como si les molara la guerra... sólo si la ganan o no les afecta. Pero otros, los que me conocen mejor, lo verán como la lógica respuesta a la que tengo derecho. Todos se equivocan. Realmente esto es una tesis doctoral, parida tras muchos años de experiencia y observación de este poliédrico trampantojo social, de este deleite endogámico que embarga a quien lo participa. En cuanto que tesis, esto es más ciencia que conciencia, aunque tiene también su puntito de esotérico y sobrenatural, ya que todos estos fenómenos para-anormales (que yo y mi -verdadera- familia hemos soportado durante casi medio siglo) proceden de un submundo que no está a la vista de la visión común, un inframundo oculto y ocultado cuya frontera sonora (“¡¡¡blammm!!!”) suele ser “la puerta de casa”: cuando se cierra, es un mundo, cuando se abre, es otro. Esa puerta marca la separación entre lo socialmente aparente y lo familiarmente oculto, entre la actitud encantadooora y la actitud demente, entre la pública sonrisa quedona y el privado desprecio que queda, entre el savoir faire y el enfer.
Yo no soy justiciero como la tarada aquella, hace tiempo que dejé esos papeles tan reactivos, al menos en parte. Pero una cosa es no ser justiciero, y otra dejar mansamente que una caterva de impresentables con ínfulas y cero categoría moral (pero cero, es cero) me insulten y me maltraten… más. Nah. ¡Eso se acabó, cretinos comulgadores!

Quien en su delirio creyera que yo iba a someterme a la difamación (hacia mí o hacia mi familia) como Jesús se sometió a la cruz,  ha calculado mal, porque no llego al nivel crístico ni por asomo, y va a poner la otra mejilla vuestra puta madre, permítaseme tamaña ordinariez.
De verdad: el viejo recurso de poner por los suelos al que se planta, al que se niega, al que no traga o comete la osadía de decir "basta" o "no", es muy viejo y está muy manido, y los recursos se agotan si se sobre-explotan, neoliberalillos de cuadra y cacerola.
Yo en otros tiempos optaba por el silencio, por pasar olímpicamente de este tipo de gente que jamás me ha interesado ni comparto ni me parece un buen ejemplo de nada para nadie (más bien al revés), además de que no soy como esas que cambian de lealtades como cambian de bragas, y dejan la conversión documentada por escrito para la posteridad. Yo hubiera seguido a mi bola, como he hecho siempre… ¡pero no pudo ser, no me dejaron! Las cepas más víricas de esta raza decaída provocaron el peor brote de la epidemia, y al final, ¡puf!, salió pafuera. Sin cuantificar bien lo que llevan décadas escondiendo en sus sepulcros blanqueados, ahora braman por ahí cualquier cosa iracunda que se les pasa por sus cabecitas de princesitas malcriadas, sofocadas las pobrecillas por sus autoinfligidas ofensas (crear un infierno y luego meterse a vivir en él, también es trademark de la casa, ¿y van...?). La pega es que en el descenso al infierno siempre arrastran a terceros, siempre acaban vomitando sobre alguien, y eso no se hace, moninas. Tú húndete, pero al menos no te lleves hasta el gotelé de la pared por delante, querida, un mínimo de pudor y autocontrol. Ver a la gente autocastigarse y autoarruinarse es uno de los espectáculos más tristes que ofrece la vida, aunque de los que más se puede aprender para no caer uno mismo, que el peligro siempre está ahí. Insisto: mi preferencia natural básica es (había sido) el laissez faire, pero no-ha-habido-manera. Si uno se empeña y se obstina y se lo propone con todas sus fuerzas, al final, las cosas simplemente suceden; y si son insostenibles, se caen.
Y esto se cayó.
Por ahora he parido este texto, que es un 10% de lo que podía haber sido..., en aras del porvenir y de lo que es justo. Pero ojo: no cometan la imprudencia de seguir paseando a sus perras sin correa, que luego van y se cagan en cualquier sitio.
Y que nadie tome mis habituales silencios y autocensuras por imbecilidad o cobardía. Esa enfermedad no me ha afectado. Esa no. Lo aberrante, aberrante es, vista como se vista, presente como se presente, apellide como se apellide, engole lo que se engole, artificie lo que se artificie. Creo que ha llegado el  momento de que cada uno pague la factura de su propio nivel de degeneración (individual o colectivo) y de dejar de obligar a terceros a hacerse cargo de las cuentas, como era la costumbre. Morro, mucho morro.

¿Qué necesidad hay…?
Ya que no ha habido sentencia material contra la autora de la obra de arte degeneracional y sus cómplices (que los hubo, patéticos perritos falderos que hoy en día se sorprenden de que se les vuelva en contra) y los indecentes que la respaldan (o fueron testigos y no movieron un dedo), al menos que haya "sentencia" epistolar. Porque casi son peores los que han callado, mirado para arriba o para abajo, que los que han voceado o han levantado falsos testimonios o han convertido cristianas nochebuenas en misas satánicas brindadas con el cava del odio. Básicamente, hablo de los cobardes…
«¡Y que no se le ocurra aparecer por aquí...!», decían, en plan territorial.
Los palmeros dirán: “¿y qué necesidad tenía “este” de escribir esto? ¡Oh, qué resentimiento, oh qué rencor!”. El “este” y el “esta” para referirse a terceros son dos clásicos del afectado dialecto que esta gente usa en sus aquelarres. Hay quien pretende que todo pase, en la “buena suciedad” de baja cuna y de alta cama se intenta con uñas y dientes que todo quede en el limbo, ocultarlo TODO sistemáticamente, “que no trascienda” (cito)… O ya, la peor aberración de todas: apelar al "perdón cristiano", cuando estas cosas han nacido en el seno del cristianismo y son permitidas por cristianos y perpetradas por personas que aman las cruces y trafican con ellas. Qué cómodo, ¿verdad?
Para estos, no es que los trapos sucios los laven en casa, no, es que ¡ni siquiera reconocen suciedad ni trapo alguno...! Y lo único que se lava a conciencia, para eso sí que se dedican todos los recursos, es la imagen. Para lavar la imagen sí que se movilizan.
Lo que es, es, y no se puede esconder: maltratar a quien fue maltratado acusándole de falsos malos tratos... y encima sostenerlo en el tiempo (incluso ir a peor… millonésima marca de la casa)… creo que está por debajo de todas las cloacas morales que soy capaz de imaginar; hay gangsters con más ética. La realidad ha superado a la ficción. “Congratulations. That´s a new low”.
Por tanto este post es lo mínimo que me concedo, un año después... y que me corresponde, y creo que será suficiente. Por el momento. Al final ha imperado aquel glorioso, el inconmensurable ¡que tooodo el mundo lo sepaaa! que proclamaba la tarada justiciera ese 15 de mayo de gloria. A dinosaurias como aquella deben ustedes darles las gracias si alguien les deja de hablar y por todo lo que acaban de leer, que perfectamente podía no haber sido escrito, de haberse hecho las cosas con decencia, un mínimo de decencia, un poquito de una pizca pequeñita de decencia. Esto no tendría que haber sido escrito, pero lo han pedido -literalmente- a gritos. Maltratar a maltratados es arriesgado.
Si algo tengo claro a día de hoy es que lo que hay detrás de los maltratadores y de las maltratadoras, de los fanáticos y las fanáticas, es que no se han sentido incondicionalmente amados, jamás. O su padre era emocionalmente un degenerado, o su madre una decaída espiritual, autistas emocionales, acomplejados, o todo a la vez (lo cual es el caso del caso, me temo). Especialmente de pequeños, que es cuando se corta el bacalao, algo muy, muy profundo falló estrepitosamente. (De las personas que recibieron Amor y Ejemplo y escupieron en ellos, ni hablo, se me escapa.) También puede ser que les rieran las gracias y las ordinarieces desde pequeñitos o pequeñitas, y ya de mayores no supieran distinguir unas cosas de otras, y crecieran amonstruándose por momentos (que me da a mí que es el caso de la tarada delincuente que protagoniza este texto).
¿Amor? No hubo. Ni en su casa ni en los alrededores. No tienen la menor idea de lo que es. Ustedes, tarados vetustos, desconocen -todos- el Amor. Hasta el punto de que cuando lo tienen delante, lo toman por otra cosa, porque sus cerebros no registran lo que no conciben. Al Amor ausente lo tuvieron que sustituir por una sensiblería blandengue en el de mejor de los casos. Quizá en casa, desde el sofá, les dieron mil y un ejemplos de lo que tenían que hacer y decir para ser reconocidos, aceptados, para destacar, hacer mucha gracia y ser "respetados"... ¿pero Amor? Desierto. Páramo. Yermo. Abismo. O peor, espejismo. Por tanto, el destino de todos ustedes estaba sellado desde hacía mucho tiempo. Así, ya de "adultos" carecerían hasta de la capacidad de distinguir lo que es Amor de lo que no lo es, y tomarían unas cosas por las otras. Pasarían por todo tipo de desórdenes y mendicidades en su búsqueda inconsciente de lo Perdido (esto ya es epidémico en la sociedad). Los más sensibles implotarían y se dañarían, los más tarugos explotarían y dañarían. O todo junto. Cualquier cosa. Pero nadie que conozca (y reconozca) el Amor Verdadero es capaz de odiar o maltratar, es incompatible. Ustedes (y las cosas que les hacen o no les hacen a los demás), sus poses, sus insultos, las distorsiones que salen de sus bocazas, su desprecio compulsivo y bucal por la Verdad, sus "quién se cree éste que es" y demás... son un grito sordo de sufrimiento y carencia, cuyo eco alcanza el otro lado del Universo. Yo lo escucho. No les disculpo, pero les escucho. En realidad, la verdad verdadera, es que están ustedes sufriendo lo indecible desde que nacieron. Y su sufrimiento es tan tan desgarrador, que lo han sublimado. O intentado sublimar. Eso sí, en la dirección equivocada.
Lo que me ocurrió el 15 de mayo de 2014 es una monstruosidad, que automáticamente me ha recordado de dónde vengo. Y a dónde no voy a ir. Una barbaridad más de las que he sido testigo directo o indirecto, fuera o dentro, durante décadas. Justificarlo, ignorarlo, restarle significado o encubrirlo, es una monstruosidad casi aún peor. Es como echarle la culpa al esclavo negro que se escapa, de romper el orden establecido, de molestar. De cuando el negro habla de sus negreros, decirle "qué resentido estás, no haces más que insultar". Por favor: volvamos a la moral, a la REAL, la que tiene un precio. No se ofendan cuando les saquen a latigazos del templo.
He estado rodeado de personas que no han parado de incitar, provocar, alimentar o encubrir semejante monstruosidad, esta y todas las demás. Este fenómeno, yo, que no paro de calificar, no sé ni cómo calificarlo, no hay diccionario... no se puede caer más bajo (o sí).
Todos sabemos qué parte del show les toca representar ahora (¿más difamaciones, más victimismos, más excusas, más mentiras sociales, más aspavientos...?). ¿Morirse, simplemente, tal y como vivieron? Sea como sea, para terminar:  mírense al puto espejo, pobre gente, y sepan, aunque sea por un puto segundo, que son ustedes profundamente VIOLENTOS y MALTRATADORES.

Adolfo Esteban





Entradas populares de este blog

HE VENIDO AQUÍ PARA HABLAR DE MI LIBRO

PIJOS: LA REALIDAD QUE EL SHOW BUSINESS ESPAÑOL JAMÁS SUPO REFLEJAR