PIJOS: LA REALIDAD QUE EL SHOW BUSINESS ESPAÑOL JAMÁS SUPO REFLEJAR


"Sólo un escocido puede reconocer a otro escocido." (ANÓNIMO)

"Si no le gustan los textos largos, pinche AQUÍ, y devuelva todo el dinero que se invirtió en su educación" (OTRO ANÓNIMO)
"No son, en verdad, los asuntos de los hombres dignos de gran preocupación, y, sin embargo, forzoso es preocuparse por ellos. Y eso no es esfuerzo afortunado." (PLATÓN, Leyes, 803B)
Puedo prometer y prometo que nunca he visto ninguna película, serie de televisión, sketch humorístico o similar en el que guionistas, directores o actores (por ese orden de gravamen) hayan sabido plasmar fielmente ni a las familias ni a los individuos “pijos de nuestra patria. Ni por asomo. Sean ficciones históricas sean biográficas (porque en este país no se hace no-ficción, todo es realmente pura ficción), sean reality-shows de hijos de papá que en realidad son hijos imbéciles de imbéciles con dinero... sea como sea el dislate es constante, y hasta tradicional en Expaña.

Me saltó la alarma definitivamente el día que vi el biopic (ains, por qué…) de la Duquesa de Alba, y oí que -guión mediante- la joven multiaristócrata se dirigía hacia su progenitor en estos términos: ¡Padre... levántese!”, o algo muy parecido. ¿Padre levántese? Vamos a ver: lo de “padre” podría ser en un momento dado, “madre” también, ¡PERO DE TÚ, de toda la vida! Oyoyoy. El dirigirse al padre de uno con el “usted” es tan de pueblo como la hogaza y el pilón, al menos en este país, y desde luego a mediados del siglo XX. Poner a hablar a la infraCayetana cual hija de campesino de Cogollos del Obispo, o de burgués de la industria textil catalana… fue demasiado ya. Catarsis. Después de tantos años de estupor la cuerda se rompió, y ese día levanté el puño -derecho- y al Dios de toda la vida puse por testigo de que escribiría este post. A sabiendas de que el tema es tan extenso y confuso que el texto iba a quedar más o menos igual de extenso y de confuso, pero dándome igual.

¿Saben ustedes lo que nos parece a los españoles una película de los años 50 en la que algún angelico tipo Chalton Jeston -u otro sobrevalorado cualquiera- aparezca haciendo de “español” o haciendo referencias a lo español de España? Generalmente el escupitajo en Technicolor/Panavision es un batiburrillo surrealista de referencias visuales y musicales latino-exótico-arabescas, sin ningún tipo de coherencia ni documentación cultural. Es una patética mezcla de castañuelas, flamenco aguitarrado mexicano, folclorismos eclécticos, ventanas enrejadas, y asilvestrada gente morena azabache, de carácter rebelde, difícil de conquistar amorosa o geográficamente hablando… Visionamos, y preguntamos, a lo Sara Montiel, ¿¡pero qué invento es éste!? Nos situamos, ¿verdad? Bien: pues exactamente lo mismo ocurre en películas o series donde aparezca una supuesta “familia bien” expañola. Lo que aparece es un absoluto disparate fruto de una absoluta fantasía fruto del absoluto delirio de personas que, básicamente, recuentan las cosas por referencia refrita: lo normal hoy en día... mediante este tipo de refritos fantásticos se rellenan las secciones culturales de los periódicos, le meten otras cosas que no pueda entender ni el propio Dios, y a eso le llaman cultura. No voy a decir que en Expaña seamos incultos en general (hay muchos más paletos que incultos), pero en la Expaña actual la gente formada/leída/escribida padece increíbles lagunas culturales, idealizaciones de la realidad pergeñada a base de clichés y simplismos que luego van y plasman en sus trabajos y en sus opiniones, alimentando este círculo vicioso de irrealidad. Pase que los guionistas de hoy (incluyendo Almodóvar, aquí no se salva literalmente ni dios) sigan haciendo hablar a sus personajes con los adjetivos por delante del sustantivo, algo totalmente ajeno al lenguaje cotidiano de la gente común, pero es que esta laguna conceptual sobre pijos y pijismos es tan grande y tan impune, que voy a intentar sacudirla un poquito desde este modesto, sencillo, breve y humilde blog.
Lo demás, a quién le importa.



Ejemplos de estas lagunas conceptuales tenemos cientos a diario: hace poco aparecía en un periódico digital de izquierdas” (sea lo que sea todo eso) una caricatura de Aznar con el aguilucho del imperio franquista en la cabeza; es así de simple el simplismo, de hecho debería empezar a tratarse como la nueva corriente sociocultural propia del siglo XXI: “El Simplismo” (que no tiene nada que ver con aquella simplicidad de tiempos de campesinado y pernadas caciquiles, donde todo estaba claro clarísimo: yo aquí, tú alláyo sí, tú no), este simplismo es el fruto de haberlo complicado todo tanto que ya nadie da abasto con nada y necesitamos simplificarlo todo por cojones para poder sobrevivir. Sigo. ¿Aznar=facha=Franco, y a correr? Pues no. Ni puta idea. Pero ¿qué podemos esperar de gente que no entendería que (desde cierto punto de vista) los franquistas Carrero y Fraga se podían considerar antagonistas? ¿Sabrían quién fue Carrero Blanco sin buscar en un smartphone?

Para entrar en el tema en cuestión, mejor delimitemos conceptos, porque hay muchas palabras en juego aquí: “familia bien”, “niño bien”, “pijos”, “fachas”, “Barrio de Salamanca” y demás vocablos que se entremezclan como las castañuelas y las mejicaneces de Sierra Morena en las películas antiguas, sin ton ni son ni afinación, un ensueño de imaginería simplona de referencias cruzadas descolocadas con resultado de esperpento. Como este es mi blog y encima hoy voy de ensayista (desde que Shangay Lily escribe ensayos y Julián Muñoz memorias me siento super libre, hoy podría hasta invadir Polonia), voy a dar una serie de afirmaciones totalmente dogmáticas y absolutas sobre todos estos asuntos tan importantes.

¿Se pueden llegar a ver por la calle especímenes de pijos tal y como salen en las películas? Pues sí. Alguien los escribió y los filmó y es un poco imposible recrear algo que no exista de antemano, así que hay cierta base, inspiración real. Ahora bien: esos no son los verdaderos pijos. Llevamos 40 años educando a la audiencia en un pijismo inexistente, prefabricado, que no es el genuino pero ni en directo ni en diferido. Lo cual nos lleva directamente a necesitar una definición consensuada del sustantivo-adjetivo “pijo”, aunque no sirva más que para saber lo que no es.


El pijo original y su subproducto, el “pijo de medio-pelo”

No. Los pijos no son como el cine los filma: ni los de derechas son todos pijos, ni los del PP son todos fachas, ni los pijos son todos del PP. Y a pesar de eso, sí existe un bloque prosistema conformado por pijos, peperos y gente “conservadora”, cuyo leit motiv o filosofía vital podríamos resumir en… “me da igual, siempre y cuando...”, frase clave que nos puede ayudar mucho a entender qué es un pijo realmente. “Les da igual”, ¿qué? OK, el pijo se autodice en su arraigado inconsciente algo parecido a esto...
“Me da igual todo mientras todo siga como hasta ahora y no me molesten demasiado los raros cada cosa esté en su sitio y cada uno en su casa y Dios en la de todos y aunque diga que no me dan igual realmente me dan igual todas las desgracias climatológicas sanitarias sociales o bélicas ajenas que se derritan los polos que se instaure un Gobierno Mundial Totalitario incluso me puede dar hasta igual que los maricas se casen siempre que todo cambie para que todo [lo mío] siga como siempre incluso vaya a más. A todo esto, soy una persona razonable, generosa, justa y sensible.” 
Eso sí, cuidado cuidadín: si un perroflauta protesta a la puerta de su casa, o unos guarrillos en bici manifestándose por un mundo más eco y más lógico les interrumpen el tráfico (esto lo saco de un conocido lomanismo), o su asistenta les pide minucias tipo seguridad social o que no la llamen a la una de la mañana, o la dependienta del Corte Inglés les pega un corte porque realmente tiene más categoría y educación que ellos, entonces… entonces se arma la de San Kintín con K. Se vuelven lokos, monstruítos gregarios, desalmados y salvajes capaces de cualquier kosa con tal de restablecer el (su) Orden y poner en su sitio todo lo que se menee y tenga temperatura. De cachorros, hacen gracia (pasen y vean), lo malo es cuando crecen y se ponen a hacer hijos, o leyes. En fin, que lo negarán hasta la muerte, pero en realidad ("por sus acciones los conoceréis") es tal cual: les importa todo un pijo. Por lo demás -y nuevamente en contra de la leyenda popular- suelen ser bastante educadillos y simpáticos el resto del tiempo. Aún así, aprovecho para dejarles como premio a su fidelidad lectora que ha superado los 140 caracteres, un axioma que podrá serles de gran utilidad el resto de sus vidas y que deberían copiar en un post-it de esos que se erosionan durante años pegados en la cartera:
Nunca, NUNCA, NUNCA se fíen de la dulce e inocua “educación” de un pijo. Cual nitroglicerina, es completamente volátil. A la menor alteración puede explotarles en la cara.
Tal que así: las buenas maneras de un “pijo” acaban donde termina su paciencia con los demás, la cual acaba donde les sale a ellos de los huevos.

Pero continuemos con nuestro National Pijographic. Para que todo siga igual, los “pijos” tienen múltiples instrumentos a su alcance para mantener El Orden. Poseen (las han comprado) religiones, incluso sus propias sectas dentro de las religiones (esas pequeñas "Moralejas de la espiritualidad", el no va más), tienen periodistas, dueños de editoriales e historiadores a sueldo (que mágicamente publican todo lo que excretan), partidos políticos (a los que refinancian), jueces a los que llaman a consultas (o que se juzga y expulsa), modas que no pasan de moda, canciones, calles… Disfrutan de todo un establishment simbiótico puesto al servicio del status quo, hordas de "profesionales" encargados de pelear sus batallas, decidir cómo debe entenderse o contarse la realidad, y sobre todo de mantener a esa gente rara, ordinaria, pesada y protestona bajo control o peleándose entre ella. Dense un vuelta por la TDT, todo está ahí, canal a canal es un catálogo de lo que acabamos de describir. En definitiva, todo “les es igual”... siempre y cuando no se cambie el Sistema gracias al cual todos somos iguales pero siempre y cuando siga habiendo “unos más iguales que otros”; siempre y cuando todo en el camino del pijo sea apertura de puertas… ya que si hay algo que un pijo no admite es cualquier tipo de imposibilidad; siempre y cuando ellos sigan accediendo a todas las cosas a las que acceden por derecho divino; siempre y cuando sigan pudiendo decir al mogollón de pringados que hay en los crecientes escalones pirámide abajo: "si no estás aquí arriba con todos nosotros es porque no te esfuerzas lo suficiente", "haber estudiao", o (ahora que lo de estudiar da igual y que hay x.000.000 de parados), el más simple, fábrico y efectivo "que se jodan" de toda la vida.
"NIÑA", FELIZ ELLA EN SU J.M.J.
Obsérvese el pendiente formato "perlaka únika", 
que no es exclusivo de los pijos, pero sí
recurrente (ver documento gráfico siguiente).

Los encasillamientos pijos caen en arenas movedizas, y ellos se desfondan de la risa cada vez que “se ven” en una película o sketch de humor, tanto como yo me descojono cuando veo en la tele a un tío haciendo como que pincha, o a un Benedicto como que reza. Yo sé que todo lo anterior no ayuda mucho a nuestras mentes adictas al etiquetado y cuadrícula social, pero es necesario  exponerlo, porque como bien es sabido, las cosas se atacan desde dentro si verdaderamente queremos exterminarlas de la faz de la Tierra (hasta que surja la siguiente, que generalmente es aún peor).

Por tanto sigamos conociendo, pues, al pijo prosistema, palabras totalmente sinónimas e interdependientes. Ser pijo no es un tema ni ideológico ni de clase ni monetario (no habré conocido yo pijos arruinados desde hace décadas, pijos de clase media o media clase o cero clase, incluso pijos progres…), la realidad es que el pijismo es más una actitud autoadhesiva que una condición inevitable. El rancio abolengo real o ficticio, el dinero real o ficticio, el PePeísmo y esas cosas, desde luego que propician y retroalimentan la actitud pija, pero no nos engañemos: hoy en día en Expaña al pijismo puede llegar cualquiera que se lo proponga y esté dispuesto a pagar el precio. Y digo al “pijismo”, que significa “hacerse el pijo”, no serlo. La realidad sociológica (me dispongo a compartir con ustedes un secreto de Estado) es que el pijismo es el “proletariado” de la clase dominante. Incluso son abiertamente explotados y expoliados. Esto yo sé que no se entenderá de buenas a primeras, la gente progre y/u proletaria y/o emigrante se cree que tiene la exclusiva de la explotación pasiva, pero se equivocan: las presiones a las que está sometida hoy en día la clase media-alta protopija (bajo la amenaza de un descenso fulminante a la tercera división social si no cumplen las expectativas) se ignoran socialmente, pero están ahí para el que quiera mirar sin pre-juicios. Estos pijos comunes en realidad están justo por debajo de la cúspide de la pirámide social, bajo la bota de la auténtica Élite: la del Poder con mayúscula. Me refiero a esos que se forran, a los que mandan sobre los que mandan, los que se lo llevan todo y se lo llevan fuera, esos que manejan la vida propia y ajena, quitan y ponen cosas y casas con la misma facilidad que los plebeyos jugamos a ese juego tan espiritual llamado Monopoly. Sé que es difícil de entender. ¿O no? Si no lo entienden, estén a la moda: créanselo o invéntenselo.

¿Qué es un pijo, pues (que como digo, haberlos haylos)? Bien, pues aquí tenemos otro concepto a revisar: un pijo no es nada por sí mismo ni separado de su contexto, el pijo no existe como entidad independiente del entorno físico y psicológico en el que prospera, del cual depende cual feto del cordón umbilical. El pijo no tiene realidad propia. No hay más que sacarlos (solitos, sin defensas) de su entorno y meterlos en otro, para que en su personaje y costumbres se operen transformaciones mágicas. Pijos, como tal, a secas, no hay. ¡Nunca hubo! No se me remuevan en sus asientos artísticos, progresistas y creativos venidos a más… ya sé que han visto pijos por la calle incluso creen que se los han tirado. Déjenme explicar esto bien: un intelectual, un pintor o un perro, lo son intrínsecamente, no necesitan compararse con nada; un pijo sólo es pijo si se compara con, o en referencia a. Un poco como le pasa a la policía o al clero: necesitan el contexto para tener razón de ser y definirse. La madre de todas las confusiones se originó hace aproximadamente treinta años cuando la palabra “pijo” la empezaron a usar unos terceros para calificar por la fuerza a otros terceros que no se reconocían a sí mismos bajo ningún concepto como “pijos”, de la misma manera que un ganadero no se reconoce a sí mismo como oveja. Por lo tanto, ya empezamos mal, puesto que “pijo” no es un término objetivo sino totalmente aleatorio, manipulable y para colmo arrojadizo, o sea, totalmente subjetivo. Y la subjetividad ya sabemos lo que trae: prejuicio, relatividad, imagen e imaginación, coloquio, proyección psicológica, inconsciente y subconsciente, generalizaciones... y demás plagas bíblicas. Fíjense cómo es cierto que no existen los pijos que, como decíamos, después de la consolidación de dicha palabra en la cultura popular española (que tuvo lugar durante la década de los 80), los supuestos pijos empezaron a usar la palabra “pijo” para denigrarse entre ellos... ¡menudo caos!, y un vocablo que hasta entonces nos había sido útil para identificar lo que no era más que una tribu urbana más de los 80 (bueno... urbana y costera, motocicletera, consumidora y esquiadora), ahora ha dejado de tener utilidad y vigencia, aunque la sigamos usando con triste insistencia y peor criterio.

El pijo iconográfico, por tanto, fue una reacción a las otras razas sociales expañolas de la época (70´s y 80´s), a saber: los cuasipunks, los maricas o amariconados o filomaricas de la Movida, los rockers, los góticos, los mods, etc.: grupúsculos tan sumamente populares, internacionales, alternativos y callejeros, que por naturaleza no podían albergar a los hijos de las supuestas “familias bien” (luego aclararemos este término) que en consecuencia (no hay cosa que los pijos detesten más que no tener espacios reservados) se tuvieron que buscar insignias exteriores para reivindicar su existencia y dejar claras a la plebe sus diferencias y distancias de origen, pretensiones, ideologías, ralea y demás. Este es el pijo clasicazo, el que hizo mella en nuestras retinas, el que aún perdura en la iconografía popular: pantalones Levi´s (o +), jerseyses Privata (o +), polos Lacoste o Benetton (que luego sacaron de manga larga, ¡uau, revolución!) náuticos Nautimoc (o +), calcetines de rombos a juego con el jersey y bien visibles bajo la pernera por encima del tobillo; Hombres G, Duncan Dhu, Vespas o coches juveniles en propiedad con pegatinas fachas en el maletero: Snoopy, bandera expañola con o sin pájaro, Candanchú, Baqueira, Formigal, discotecas fachas como Pachá, Tartufo, Navy, Bocaccio…, o vacaciones de derechas tipo Puertos Banuses, Sotograndes y tal y tal. Toda esta generación de pijerío, doy fe, créanme, se pegaron la puta fiesta de su vida durante años y años. No creo que en el siglo XX haya habido en Expaña ningún estamento que se lo haya pasado mejor que éste; recordarlo me da nostalgia hasta a mí... así que imagínense.
María Dolo de Postpedal (la madre de todas las batallas).
Para marcar su diferencia llegaron incluso a hacer lo impensable: ¡los pijóvenes pusieron de moda el color rosa en la vestimenta masculina!, ¿cabe más rebeldía contra la cultura callejera popular de aquella época transitoria? A sus padres cincuentones no se les hubiera pasado por la cabeza tan peregrina idea (si te ponías una camisa rosa en los años 60 te exponías a una bofetada por mariconazo o a un silencio familiar tipo funeral en el mejor de los casos) pero, felices de finalmente poder romper con algo que no cambiaba nada (un clásico pijo, ése), hicieron suyo el rosa junto con otros colores como claritos pastel, y papá ya podía ir con el repeinado, los "náuticos de campo" (sí) y el jersey rosa a jugar al golf, ese deporte pijo que todos los pijos insisten en que no es de pijos. (Lo sé, al golf no se juega con náuticos. Pero el detalle me estropeaba la frase, gracias.) Aquello del rosa fue un primer esbozo de la futura campaña de L´Oreal “porque yo lo valgo” que en la clásica España secular habría sido inconcebible, no se había visto jamás semejante transgresión ni desde antes de los Tartessos. A la par, los pijos de entonces adoptaron o potenciaron esa manera de hablar tan peculiar y afectada que a punto estuvo de convertirse en un dialecto y del cual aún hoy la RAE (Rancia Academia de la Lengua Expañola) investiga el origen (nah…), porque los pijos vetustos no hablaban así, se lo garantizo, con los “osea”, el “¿saes?” (¿sabes?), el pa´a na´a (para nada), la famosa patata en la boca, las eses afiladas y eternas, y esos diminutivos nominales tipo Pilu, Teté, Nené, Fon, Pachu... todo eso se lo sacaron ellos del mismo sitio que Fabio McNamara se sacó a sí mismo: del conio. Pura creación, que hoy subiste públicamente gracias a personajes tan entrañables y temerarios como la hijas del Marqués de Griñón, Boyer y una momia china junto a la que yacieron por turnos.
Poco después de todo eso, el pijo se hizo menos identificable a simple vista, en especial con la llegada del grunge en los 90. En esta época -doy fe- el tío más greñas, más tirao, más porrero y propenso a reptar por aceras y portales de Malasaña, podía llevar en el DNI apellidos de indiscutible rancio abolengo, estudiar en el Liceo Francés, Pilar, Jesuitas… (todo lo cual no les impediría años después alcanzar los más altos puestos directivos de esa gran fiesta patriótica suiza llamada IBEX). En fin, aquella fue la época de esplendor del “pijogrunge”.
¿Queda claro el pijo del cual acabamos de hablar? ¿Ese que perdió a Alaska en el 86 cuando se puso cresta y sierra eléctrica, y la recuperó en los dosmiles cuando se convirtió a tertuliana de la COPE? ¿Estamos? Bien. Pasemos al siguiente concepto.

 La “familia bien”

A ver, vamos afinando. Hasta tiempos de Alfonso XIII (sí, un rey que hubo) en España las “familias bien” eran, por así decir, cuatro gatos del Gotha (hala, a acudir al smartphone o la Wiki). A ver, vale, eran más de cuatro, pero el tema es que desde San Sebastián hasta Sevilla se conocían todos y situaban a sus pares mediante los apellidos (“esa es la pequeña de los López de Haro y Bastida”, o qué sé yo), y se casaban siempre contra apellidos conocidos, en un festival de endogamia aristocrática que había durado siglos..., hasta en momento en que fue parida una de las figuras absolutistas expañolas más mediocres después de Fernando VII…, él, Francisco Franco. Pero, atención, una vez cautivos y desarmados todos los hijosdeputa que no son como yo, es decir, consolidada la victoria nazional de Paquita la Culona sobre los malos malísimos, dio comienzo la Gran Catarsis de la “buena sociedad” expañola. Porque si algo le debemos al Caudillo aparte de toros, coplas, 70 años de retraso democrático, La Bordiú, pantanos y bloques de viviendas para obreros que hoy se venden a precio de oro (los pantanos también), es haber logrado un cisma histórico entre la “gente bien” de Expaña. Esto ocurrió porque tras la guerra los monárquicos/cortesanos (que eran, éstos de verdad, las “familias bien” de toda la vida) se vieron obligados a tomar partido y a prostituirse en masa traicionando al Rey -los muy pizpiretos- sin pudor ni disimulo; al cagarse una vez más en la etimología de la palabra aristocracia lamiéndole el culo a Franco no una vez sino todos los días del año durante los siguientes 40 años y post-mortem también (sí: se volvieron copronecrofílicos... ¿no es repugnante?). Hombre, es lo mínimo que podían hacer después de haber mandado a morir al frente, a manos rojas de los rojos sediciosos reivindicativos, a miles y miles de alevines de sus selectas camadas, esos jóvenes héroes de la Cruzada cuyos nombres quedaron emplacados en todas las iglesias de Expaña, por Expaña, viva Expaña. El caso es que con tal de mantenerse entre los winners de la época, los de familia bien tragaron con ruedas de molino, tragaron con El Mal con tal de mantener su mezquino bien, y todas las cosas que tragaban las adoptaron como suyas, defendiéndolas con la ferocidad y el salvajismo solamente atribuibles al converso. E, ironías cósmicas, toda la alta sociedad expañola se dispuso, oh paradoja entre las paradojas, a adorar y postrarse ante el personajillo más mediocre, cutre, inculto, medio-pelo y ordinario (lo de asesino en masa, pues como que no es tan relevante, oiga, cosas que pasan) que ha visto nuestro país desde, repito, Fernando VII.


Yo tampoco sé lo que son éstos,
aparte de alevines de gilipollas.

De aquellos polvos, estos lodos; de aquella fusión de conveniencia no sólo procede la aversión que más de media Expaña tiene a más de la otra media y a la bandera expañola, sino también la asociación indeleble mantenida hoy en día en este país entre “gente bien” y "derechona", eso que ahora se viene llamando "centro-derecha" o "neoliberalismo" (eufemismos para Totalitarismo capitalista, o Deudocracia, o Monarquía satánica anticrística, o todo y más para los mismos y lo que quede, ya veremos quién se lo queda). Se lo han ganado a pulso puesto que, como hemos dicho y nos encanta repetir, la mayoría le comió el culo a Franco, zurrapas resecas africanistas incluidas (sí, muy escatológico todo, todo el rato, pero es que hay mucha kaka de luxe aquí), todas y todos se lo comieron penetrando a fondo lengua en ojete, sin ningún tipo de pudor ni recato cristiano. ¿Todos? No, todos no… porque no sólo se exiliaron los republicanos-rojos-masones-sarasas vendidos al bolchevismo o al sionismo-masónico-internacional, sino también muchos monárquicos y republicanos no de izquierdas, que no tragaron con la porquería nazionalcatólica vulgar, gris y cuartelera de Franquito y sus palmeros zampaculos, esos que luego hicieron tanta carrera y que hoy tienen todos casas en propiedad por toda Expaña, y sus hijos, también. Hace poco estuve cenando en Lyon con una dama, bien entrada en edades y sabidurías, cuyo padre, aristócrata y ministro con el último verdadero Rey de España (el de ahora no es Rey, es Gey, y no de España, sino de Expaña) tuvo que salir por patas de la patria porque los de la camisa azul se lo querían cargar a él, a su familia entera y al hamster si lo hubieran tenido.
A ver, que me arbolizo. Centrémonos.

La generalización y decadencia · El pijismo · Qué NO es un verdadero pijo y nunca lo será



Delatadora patillaken.
(¿Conducirá hacia el Valle, para
recordar lo que nunca vivió,
o hacia el Parque del Oeste a hacer
botellón con sus amiguitos?)

Igual que ahora en Expaña cualquiera de la clase pudiente (la cual aumenta en directa proporción a la clase impotente, shit happens) puede financiarse cristales dobles en sus ventanas, escapaditas de finde, posesiones en lo poco que han dejado libre de las playas, coches formato tanque, llevar a los nenes a un privado, o directamente tener nenes..., ahora en Expaña cualquiera puede ser pijo. No: cualquiera puede decir ser pijo, o no decirlo pero hacer lo posible para que claramente los demás le llamen pijo. Pero eso no significa nada, calces como te calces el polo o las Vans. Nada de nada tiene que ver ser un pijo con el pijismo. Como decía J.L. Sampedro, “el problema no es Marx, el problema es el marxismo, el problema siempre son los ismos”, cito de memoria. Un pijo real jamás se hace a sí mismo. Un pijo no nace hecho y derecho, sino deshecho y torcido, y este es el meollo de la cuestión. Es como tener un gen chungo: tú lo traes de nacimiento, como equipamiento de serie, y estás predispuesto a "actualizarlo" -otra cosa es que lo hagas o no, hay cierto margen de libre albedrío ya que el universo no es 100% implacable, siempre da alguna opción u aviso antes del desastre total. Pero, genes aparte, nadie que se convierta en pijo o se haga el pijo, lo es. Categóricamente. Pongan como se pongan y paguen lo que paguen. Jamás estos pijillos de medio pelo (sí, es una paradoja) serían admitidos en los círculos de la verdadera “clase alta” de la que hablaremos en breve, porque una de las características esenciales del verdadero rancio abolengo es que es excluyente, pero no a base de sitios o compras o viajes exclusivos, no, la cosa es mucho más profunda. El pijo de medio-pelo tiene menos entrada en las casas de alta clase social que el chico que lleva el pedido del súper. Y, cuidado, que cuando hablamos de pijos de medio-pelo no sólo me estoy refiriendo a nuevos ricos, grandes rentistas, dueños de imperios internacionales de ropa Made in Bangladesh, viudas de aristócratas alemanes coleccionistas, padrinos de clubs de fútbol, ni a gurús de las telecomunicaciones; me refiero a personajes como el mismísimo Juan Carlos de Borbón, o a Josemari Salvapatrias Aznar, que jamás jamás, serán considerados por las élites como uno de los suyos, y eso que entre ellos son igualmente excluyentes. El primero por hortera (los zapatos italianinis de piel finita y la sortijaka blasónika, son imperdonables deslices) y por vulgar en general; el segundo por hortera a secas y por gañán en particular. Y aún hay quien cree que el Gey de Expaña está a la cabeza de no-sé-qué jerarquía, o que Josemari es un pijazo... ¡que no! ¡Que ni la camisa a rallas, ni la gomina, ni los zapatos castellanos con borlita, ni la metopa, ni ICADE, ni siquiera un reino hacen al pijo!



Una característica inesperada que identifica a los pijos de medio pelo, es la ordinariez. Una ordinariez que no reconocen en absoluto. Se meten tanto en el papel, que acaban siendo ordinarios. Tan "exquisitos" que acaban siendo soeces. Tan "selectos" que acaban siendo intratables, chonis ilustrados y dignos analfabetos funcionales, autistas sociales. Es complicado, lo sé; se trata de una de esas cosas autodestructivas que no se entienden hasta que se experimentan o testimonian.
La dicen pija,  pero sólo
es una tontuna con su€rt€
.

Retomando el tema cinematográfico, e
l caso es que las películas expañolas no paran de recrear sainetes de personajes pijoides, pero a lo que no se parecerá jamás un pijo verdadero es a esos clichés de cartón piedra, a los que les colocarán de atrezzo el inevitable jersey en los hombros o familiares que van a misa con el mismo fervor que van de compras, y que rezan con la misma Fe con la que desprecian. En las pelis y series saldrán madres estiradillas y censuradoras, pequeñas Regentas decadentes rancias incapaces de envejecer con dignidad, medio frustradas o frustradas enteras, empastilladas y algo hijaputas, con pendientes modelo perlaka únika, llevando esos trajes absurdos como de-sastre que se les suponen a las pijas madres de familia. Los papás siempre aparecerán autoritarios, con cara de político, podridos por dentro, reprimidos por fuera, con amantes y vicios caros, efluvios homófobos, y muchos secretos financieros o prostituyentes. Vivirán todos en casas unifamiliares con piscina, con mármoles por doquier y obligatoria chacha interna oriental dobla-espalda y encofiada al canto (dicen que las filipinas son las más serviciales y las que menos protestan). Modales despectivos, déspotas o condescendientes según el humor del coño de cada cual. Hijos dejados de la mano de Dios, desconocidos de sus padres, que se meten en drogas (caras) o cuya superficialidad les conducirá inexorablemente a algún tipo de desastre físico, mental o sexual. Ah, y coches y perros pijos, jamás gatos ni coches progres. Aunque, efectivamente, en la vida real exista gente así (probablemente "gente con dinero") ¡así no son los pijos!, pero es que de tener dinero a ser pijo hay un abismo como el que separa a Ana Obregón de ser actriz.

Los verdaderos, los que siempre han estado ahí, y siempre estarán (China mediante)


Una vez expuesto todo lo anterior, hablemos de los auténticos pijos, que por supuesto, de pijos no tienen nada. Son la Clase Alta. Pero alta, alta, la de verdad, los que llevan cortando el mero desde hace décadas y a veces siglos, los que ven pasar gobiernos, presidentes, nuevos ricos, reyes y personal de servicio que van y vienen mientras ellos y sus genes permanecen y permanecerán por siempre, salvo que los chinos decidan intervenir (con lo ordinarios que son los chinos…) y terminar con esta agonía de una vez.
Un pijazo descartesiano:
privatiza, luego trabaja.
No, perdón: privatiza, luego, trabaja.

Para empezar, a los auténticos “de arriba” rara vez los verán, y si los vieran, no los podrían reconocer a simple vista, igual que pasaba con los extraterrestres reptilianos de V. Verán una persona correctamente vestida, pero que más bien pasa desapercibida. Una pista que no sirve para nada es que raramente llevarán zapatos finolis con cositas metálicas y mucho menos puntiagudos, ni anillakos de oro con escudo como el del Gey de Expaña, que mencionábamos antes. Los Alta Clase están por encima hasta del concepto de “lo clásico” -realmente están por encima de estar encima. No lo necesitan, lo están y ya está. Por tanto no se querrán distinguir con colores ni con modelos rompedores de ningún tipo, ya que lo suyo más que clásico es atemporal. A veces, ellos, pueden parecer un poco pijos, ellas en cambio medio jipiescas (como no necesitan aparentar nada, se divierten con la ropa, con todo, y ya está), la diferencia es el precio del “cutre pañuelo” que llevarán al cuello; y que todas las cosas que para los demás son necesidades primarias o casus belli (propiedades horizontales y verticales, alimentos, vestimenta, justicia, sanidad, educación, etc.) para ellos son instrumentos o mero entretenimiento. El abismo diferencial se revela en todo aquello que jamás sabrán de ellos, no en lo que se ve, sino en lo que no se ve (empezando por ellos mismos que son literalmente como linces escurridizos). No conoceremos el alcance de sus riquezas ni lo que pueden llegar a conseguir con sólo una llamada de teléfono, porque jamás expondrán del todo sus secretos y menos a la misma persona. Ostentar por ostentar es para ellos la última herejía y desde pequeños aprendieron la ecuación mágica, mezcla = desastre. Las calidades de todo lo que usan y visten y compran deja obsoleta la definición de lujo, todo está a su disposición en un discreto segundo plano al servicio fiel y perfecto de sus dueños, por siempre jamás. Todo lo anterior vale tanto para cosas materiales como para el servicio doméstico, el concepto de “chacha” no existe en estos ámbitos, o no como nosotros lo manejamos, ya que una chacha o un secretario a sus ojos no son tan TAN diferentes entre sí: son gente algo o poco especializada a la que se paga y de los cuales suelen tener los suyos de confianza. Ellos están siempre tranquilos, mientras que el pijo medio-pelo está frecuentemente irritado, molesto por algo, enarbolando banderas o a la defensiva. Van por la vida con la securitas profunda del que no depende del régimen político de turno para vivir bien, siempre, sea como sea y donde sea. Y todo esto es tan ajeno al pijo vulgar, como ajena me resulta a mí la tauromaquia.

Éstos no son estridentes para nada de nada, ni siquiera para cabrearse ni para enterrar a uno de los suyos. Si tienen que llorar o enamorarse o insultar lo harán también sin estridencias, esas hijas de las carencias. Todo se hace dentro de una serena contención (no confundir con represión, no hay nada que reprimir... ). Jamás criticarán a alguien en público, con lo cual jamás se puede saber si están ejerciendo como unos perfectos hijosdeputa clasistas, porque no lo exteriorizarán de ninguna forma perceptible a ojos no entrenados. A eso se le llama “Educación”, pero la auténtica, la que enseña a no tratar mal ni ofender de ninguna manera a seres inferiores, sean plantas, animales o humanos. Si llegan a pronunciar comentarios de ese tipo, será estrictamente inter pares, y de una manera muy sutil o irónica, incluso con bastante gracia (tienen un agudo sentido del humor parecido a la flema británica), sin ser jamás explícitos ni mucho menos soeces. Bastan dos palabras o dos miradas entre ellos para saber lo que se traen entre manos, y cómo actuar en consecuencia: “No hay solidaridad de grupo sin una cierta complicidad contra mundum (Cit.: Santiago de Mora-Figueroa).


Dos de los más errados clichés atribuidos nacionalmente a la “clase alta” son los de ser homófobos y fachas. Craso error. Ahí, Arriba, la homofobia no funciona como en tooodo el resto de la pirámide, pijos incluidos. No quiero decir que les gusten ni que compartan las extravagancias sexuales minoritarias, pero para ellos es de perfectos paletos discriminar por temas de costumbres o vicios particulares, los cuales son totalmente secundarios siempre y cuando se lleven… sin estridencias, claro. Para empezar, porque las extravagancias ajenas (muy al contrario de que lo que les sucede a los otros estamentos), no les resultan amenazantes ya que no ponen en  peligro ni una pizca su estatus, por tanto no tienen nada de qué defenderse. Además, muy por encima de la condición sexual está la condición de casta; por eso tener un homosexual en la familia, bueno, pues hoy en día hasta está hasta algo parecido a bien visto. A ver, tanto como bien visto no, me he pasado, pero que no es gran cosa, vamos. Ni tampoco lo es ser de izquierdas, o más bien “no ser de derechas” y tender, por encima del neoliberalismo, al libre pensamiento (algo que a día de hoy nadie sabe en qué consiste). En las clases altas, las de verdad, se da por hecho que están todos muy viajados y estudiados (y lo están: otra diferencia con el pijismo común, que puede haberse movido mucho pero no haber aprendido nada). El no tener un alto nivel de codeo internacional multilingüe ellos lo ven como veo yo el pijismo: el colmo de la decadencia, la ignorancia, el paletismo... y la irresponsabilidad. Y como con el mundeo transfronterizo viene la apertura mental, son mucho más reposados a la hora de juzgar las tendencias, exotismos y ocurrencias del resto de la humanidad, porque los ven como nosotros vemos a los animales del Zoo, “ay, mira estos, qué graciosos… ¿y esos otros?, qué exótico”. Y no, estos de los que hablamos no van al Eroski ni tienen relaciones oficiales con razas inferiores. Y sí: son mucho más abiertos mentales de lo que la mitología cinematográfica se empeña en mostrar, si es que alguna vez el cine ha intentado llegar a estas alturas, lo cual es raro raro, ya que el fotograma no suele alcanzar más allá del falso pijo de medio-pelo.

Como vemos, el máximo denominador común no es otro que este “estar por encima de”, pero de una manera simple, suave, eterna e inherente. Soy TAN TAN TAN, que no lo tengo ni que demostrar ni pelear, ni me tengo que atener a ninguna de las normas que rigen pirámide abajo, incluyendo los pijos comunes. Así, yo he conocido viejas descendientes de aristócratas de buenas familias (es que no siempre va unido) que, ya por los años 60, iban por Madrid con vaqueros, zapatos castellanos, fumaban como camioneras y decían tacos… sin estridencias, pero los decían como una forma más de “estar por encima”, tan por encima, que estaban por encima de las propias concepciones atribuidas a su propia clase social. Y lejos de los chichés, eran cualquier cosa menos beatas insulsas, sino señoras divertidísimas con las que uno se reía un montón. Es complicado de entender, pero irreal como la vida misma. Hasta aquí este tratado inconexo y disperso sobre pijos, clases altas y representaciones de la ficción patria. ¿Les ha quedado algo claro? ¿A medias? ¿Por partes? ¿No sabe pero sí contesta? ¿Es un lío que te kagas? Pues justamente eso: es un lío y no se puede tener tan claro lo que es un pijo, documéntense bien antes de inventárselo y hacer intragables las ficciones. Eso es todo amiguitos. Para casi terminar, les dejo con un vídeo-cliché del pijo no-pijo, pijo vulgar, pijo iconográfico o pijo visible. Lo que digo: ni pie con bola.


Para terminar del todo y dejar buen halitosis de boca, finalizo con la estampa de este figura de la patria,
que me sirve de inspiración cada día de mi vida.

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